Esa deliciosa exaltación que se produce cuando alguien
comienza a redactar una historia. Nuestras percepciones
giran como hamacas voladoras en las penumbras de un parque de diversiones
deshabitado que comienza a funcionar accionado por una mano misteriosa, tal vez
la de un niño perdido que no puede encontrar el rumbo o la de un ángel que
andaba dando vueltas por ahí deambulando en el silencio de las carpas que
alguna vez cobijaron payasos y sorpresivamente toca la palanca y en ese minuto
todos los juegos comienzan a hacer sonar su chirrido de latas oxidadas y sin
querer se encienden las luces de la feria y los caballos suben y bajan girando
al compás de la música de la calesita confundida por la nueva oportunidad de
resucitar su mítica leyenda de giros y contra giros y la algarabía de los niños
intentando apoderarse de la sortija que promete otro vuelo por el mundo de las
fantasías. Porque una historia puede comenzar así o tal vez puede comenzar con
letras que dan brincos en el aire y se resisten a quedar atrapadas en el papel
que las mira resignado sin perder la paciencia… desde un lugar que hasta ese
momento se siente desahuciado y sin embargo espera perseverante que las letras
vuelvan a posicionarse en fila india dentro de sus renglones y no le importa
que de vez en cuando alguna se rebele como hace la “h” cuando pega unas
pataditas a la vocal que siempre fue disciplinada y como un soldado de
caballería se somete dócilmente a la orden del general. Porque las letras son
así no todas han tomado clases de obediencia y una que otra vez alguna de ellas
toma una siesta y duerme el sueño eterno de los justos y otras se acercan al
alfeizar de la ventana para danzar tomadas de la mano con las gotas de lluvia
que las distraen del trabajo de formar una palabra. Aunque siempre vuelven
porque saben que sin ellas las manos callosas del invierno no podrán contar la
historia de la que son el principal obrero, vuelven al papel a construir el
edificio gigante de la imaginación. Por eso vuelven y no por otro motivo,
porque saben que sin ellas el pensamiento terminará acovachado en ese lugar
donde el vacío de la mente congela sin razón el mundo imaginal de las ideas y
ellas perderían el protagonismo de formar parte de esa historia que algún día
llegará a ser contada.
Ana Danich 7/08/2012
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