SOLO LAS PALABRAS QUE MERECEN EXISTIR, SON LAS PALABRAS MEJORES QUE EL SILENCIO.

domingo, 12 de mayo de 2013

"LA TERMINAL"


    Cuando despertó a la mañana,  sintió  que éste  día no sería como otros. Últimamente, éstos transcurrían en la vaga lentitud de las horas, sin ningún altibajo que la sacudiera de la continua sucesión de hechos cotidianos. Vio la luz que entraba por la rendija  de la ventana desvencijada. Cada amanecer era así, una luz que entraba y le daba justo en los ojos cuando  dormía sobre el lado derecho, y cuando lo hacía sobre el izquierdo, el haz se reflejaba contra la pared y desde ahí rebotaba hasta su frente. Pero esta mañana se había despertado tarde, el sol entraba perpendicular como un latigazo enceguecedor. Se quejó porque el sueño se había convertido en  un altibajo que le hacía abrir los ojos en la noche y espiar la rendija, esperando vislumbrar el amanecer.

    El sol hirió su mirada; sintió que  era un presagio anunciándole que este día sería distinto. El muñequito que todas las noches  murmullaba en su oído, dormía plácidamente. Pensó que era mejor  dejarlo así, recostado sobre la almohada.  Sin decir palabra, se levantó suavemente para no llamar su atención.

    Pensó que era el momento justo para hacer algo fuera de lo habitual. Recordó que debía comprar el pasaje para el viaje que se avecinaba; los días habían pasado y ella todavía no había resuelto ir. Esta mañana, se alistó; iría  a la estación y terminaría con el agobio que le producía decidir de una vez por todas, irse, viajar, cambiar de aire.

    Cuando abrió la puerta de calle, la marea humana le rasgó la piel, casi retrocede abrumada por el calor sofocante que transmitían los cuerpos con su andar vertiginoso por las veredas sucias. Corrió hasta el ómnibus y subió de un salto. El conductor la miró atónito.  Nunca imaginó que una mujer pudiera saltar así. -Como un leopardo- se lo escuchó susurrar. Se acomodó en un asiento y cerró los ojos; no quería ver.

      Llegaron  a “La Terminal” en menos tiempo que el aleteo de un colibrí. Desde lejos advirtió la división entre la nueva y vieja edificación, el laberinto por donde otra marea humana, semejante a las que temía, se movía errática, buscando ciegamente la ventanilla donde comprar pasajes. Dudó  por un momento si había hecho bien en  salir  justo ese día en que todo parecía moverse como un carrusel, dentro y fuera de su cabeza.

       Llevaba la cartera apretada contra su pecho. En la cartera, el libro que su amiga le había regalado en su último viaje a la gran ciudad. Por varios días había querido leerlo y esa mañana le pareció que era el momento indicado, pensó  aprovechar el viaje de ida y vuelta hasta “La Terminal”. -Es mejor así- dijo en voz baja. -Es mejor leerlo en un lugar dónde el muñequito no interrumpa mi pasión-

      Entró a la estación y se sintió perdida. La recorrió de punta a punta buscando  ventanillas que vendieran pasajes. A primera vista no encontró  la que buscaba. Percibió en su interior, la misma desesperación que le producía la inseguridad del vacío. En ese momento, sintió el imperativo  de que el muñequito estuviera alojado en su cabeza. Después de todo, era el único que le procuraba seguridad; aunque lo odiara, aunque quisiera asesinarlo noche tras noche;  hoy, particularmente, lo necesitaba.

       En la oficina de informes, un morocho de sonrisa maliciosa y aliento nauseabundo, le indicó que la ventanilla donde debía comprar el pasaje, se encontraba al otro lado de la estación. - En la parte nueva – dijo, torciendo los ojos hacia el oeste, y sin más, continuó sorbiendo la boquilla de un mate que chorreaba baba por el filo casi  plateado, opaco por desgastado debido a las innumerables bocas apestosas de empleados públicos que habían pasado por ella.

 Retrocedió asqueada.

     No sabía si estaba viviendo el momento, si era real. Hacía meses que no salía de su casa.  Hacerlo esta mañana, daba un aire ficticio a la sucesión de acontecimientos que  repetían  imágenes girando en espiral.

  Temió por su vida.
     Caminó por La Terminal y esquivó a los perros vagabundos que pululan por ahí desde hacía años. La mugre en sus lomos y patas  le produjo  una sensación de horror, no quería verlos, mucho menos que la rozaran. Sus cuerpos se contorneaban cerca del suyo, el roce la aterrorizó, sintió nauseas al pensar que alguno de ellos pudiera  tocarla. Apuró sus pasos sin mirar atrás; los perros la siguieron, ensuciando sus pantalones limpios con la baba que caía entre sus colmillos. Recordó a su madre que en otra vida siempre le había alertado sobre esos animales, y de cómo debía huirles para que no mancharan lo que debía permanecer inmaculado.

Corrió;  no se detuvo.

      Corrió por la calle con la desmesura de aquella a la que una boca gigante la persigue para tragársela, hasta hacerla desaparecer entre sus fauces.

    Trepó al primer ómnibus que vio pasar. Necesitaba regresar, volver al vientre de su casa, único lugar dónde  sentirse segura. Ubicada en el penúltimo asiento, abrió el libro que su amiga le había regalado  en la gran ciudad.

       Leyó: -“Las estaciones me producen el miedo a no encontrar la plataforma y que el micro que tengo que tomar parta sin mí”-.

     Levantó la vista del libro. A medida que el ómnibus se alejaba, observó por la ventanilla, la edificación siniestra de “La Terminal”; una combinación entre antiguo y moderno que dañaba las líneas arquitectónicas. Vio cómo el polvo de la calle trastocaba las imágenes en ese día otoñal. Imaginó ver perros que corrían detrás del ómnibus y  se esfumaban  igual que fantasmas alegóricos entre las ruinas de una ciudad deshabitada.

Recordó aliviada. Había olvidado comprar el pasaje…



  Ana Danich  (de: Veinte cuentos en Cuclillas)

jueves, 25 de abril de 2013


Qué brille el monstruo / qué embista la furia y descuartice el hueso / cada uno crepite en la hoguera del aullido / su substancia descuajada / Hay que arrancarle los ojos / hay que trepanarlo  y vea / el lirio negro de la parca / derrame  su líquido viscoso /  en la alcantarilla mórbida /  la corriente  diluye / mueve sus huesitos hacia el fango de ese rio /  su palabra pegada a las cenizas / abrazando los cuerpos del olvido / tan pegaditos unos  a otros / un Osario sobre el limo  de la cuenca  / cavidad de orines y batracios / endurece la gravedad su esencia / el rojo tatuaje de piedra.

Ana danich 25 de Abril de 2013

viernes, 19 de abril de 2013

"Territorio Hostil"



Desde este territorio sembrado de dudas,
desde la boca caliente que escupe la palabra,
la arroja al  suelo y la pisa / la atormenta,
a veces la maldice por no saber decir
o por decir lo que fue dicho…

No repartas premios en mi cara
no derrames tu mentira /
tu pirámide de banalidades /
sobre el mundo socavado.

Otros /
también pisan maldiciendo,
escarbando en la tierra del lenguaje,
en los órganos blandos
que se agitan  /  estremecen
el interior de los cuerpos
también maltratados y escupidos
por tanta necedad / tanta mentira,
cerebro / corazón / útero…

Desde este territorio inacabado,
 este miedo de no poder decir
lo que  otros ya  dijeron…¡ay!

No te arrogues el calendario de mis días,
no hablaré de sangre ni de rojos,
no hablaré de  misterio o dolor,
la palabra muere al salir de mi boca
y cae desmembrada  a la tierra
por no poder  decir de otra manera
lo que alguna vez fue dicho y ¡NO!.



Ana Danich (de: Cuerpo de Piedra)






II

terminar el poema acariciando su textura / cantarlo con voces que estallan desde adentro / gozarlo en la acabada parición de su fin / el placer envuelve mi mirada y la cobija / entregarlo al mundo de fauces hambrientas / perturbar el ojo que divisa la línea / dejar que lo mastiquen con sus dientes afilados / todo allí es devorado / luego el silencio / la caída al vacío

"Sugerencias para un buen maquillaje"



I

pulir la piel hasta que sangre / esconder las ojeras de la noche / cubrir las espinillas existentes / y los vasos sanguíneos que perturban al otro / qué no se note el signo en la frente / golpecitos en los pómulos para disimular  el tormento / nadie debe darse cuenta / tallar las cejas en posición atroz / deben temerle / tonos oscuros en el contorno de sus ojos / un párpado de flecha que apunte al ángulo exacto / el dolor del otro / puede ser cualquier color /  prefiera el negro de la muerte / si los labios son finos ¡márquelos! / dibuje una mueca / (oculte la locura que la acecha) / con esa misma boca devore a su presa / o será devorada


Ana Danich - (de: Cuerpo de Piedra)

"SI MIS HUESOS"



Si mis huesos hablaran, te dirían:
que iba de viaje por territorios extranjeros,
y  bajando los peldaños de una cueva
cuando carpo y metacarpo se asían a una roca
que tímida sobresalía en la humedad del suelo,
ermitaños de luces y fanfarrias
llegaron titubeantes al final de la escalera
y tocaron sin querer un rostro helado
de otros huesos que ya sin expresión
miraban desde sus órbitas mi mano,
guiando a mi esqueleto que bajaba
por los peldaños de esa cueva extraña.
Si mis huesos hablaran, te dirían
que al llegar hasta ese hueco cenagoso
percibieron grabada sobre el hierro
de una estatua de águila milenaria
una señal.
Era un pimpollo de rosa fulgurante
cincelada en mágico pentagrama, destellaba
 en su cabeza de pájaro majestuoso
palabras que mi entendimiento oscurecía.
En cárceles de otro lenguaje me encontraba,
sin embargo, sabes lector, mi mano la intuía…
Si mis huesos hablaran, te dirían:
que el pimpollo de  rosa iluminó
mi esqueleto a medida que avanzaba
y tocaban con su carpo y metacarpo
el grabado en el hierro de esa águila,
¡sí! de metal su cabeza, mas no el trazo
de una rosa fulgurante entre las sombras.
Esa bolsa de huesos  bajaba los peldaños,
tarso y metatarso rozaron  brusco flujo
de un agua corrosiva que amputaba
el resto de los huesos que quedaban
del esqueleto que en franca pulsación
resbalaba en el musgo de esa caverna helada.
Si mis huesos hablaran, te dirían:
que no era yo sino mi sueño eterno
vagando en la ultratumba de las águilas
donde un pimpollo de rosa lanzado como flecha
quedó grabada igual que un himno en mi mortaja.
Pero mis huesos no hablan, ya son huesos,
nomas un esqueleto que baja a los infiernos
de una tierra extranjera que en su vientre
encierra un  pimpollo de rosa cincelada
en el círculo de un misterioso pentagrama.

Ana Danich  16 de Abril de 2013

"CUARTO CRECIENTE"



Sobre el rectángulo nupcial

la mano entre las piernas…

pende cual hilo entre sus labios

 saliva de cabras ordeñadas

serpentea entre las curvas

su cuarto creciente / la luna

bambolea  su contorno

satinada  badana  / la espalda.

Grácil antílope  ve al leopardo

que acecha su mirada

suave  descuaja la telilla

limón maduro entre los labios.

Eros,  rendido a su embrujo

besa los pies de la estatua

y gime entre paréntesis

la primera y anteúltima letra

del abecedario.

Ana Danich 22 de Enero de 2013