SOLO LAS PALABRAS QUE MERECEN EXISTIR, SON LAS PALABRAS MEJORES QUE EL SILENCIO.

jueves, 27 de marzo de 2014

DE HOLOGRAMAS, CUERDAS Y CONJETURAS

Hoy en el desayuno mi marido me contó que hace 15 años viajando desde Córdoba a Rosario iba por la ruta sobrepasando a un camión y de pronto vio las luces de otro vehículo que venía en sentido contrario, al querer volver a su posición en el lado derecho de la ruta, el camión aceleró y no lo dejó entrar al carril correspondiente, actitud típica de los camioneros argentinos.
 La cuestión es que al no poder meterse en el lado derecho solo atinó a acelerar pensando que tal vez llegaría a sobrepasarlos, en un momento vio las luces del vehículo que venía de frente a pocos metros de su auto y cerró lo ojos esperando el impacto final. A los pocos segundos, abrió los ojos y se encontró conduciendo normalmente por su carril sin haber chocado con el otro vehículo.
Entonces comenzó a relatarme  la Conjetura de Maldacena, que es una relación entre teorías cuánticas de partículas y teorías de la gravedad de Einstein. Relaciona una teoría donde el espacio-tiempo está fijo con una teoría donde el espacio tiempo es dinámico.
Continuó con  La Teoría de los Hologramas, que da sustento a la Teoría de las Cuerdas, y que afirma que cada partícula subatómica del universo es una delgada cuerda que vibra en nueve dimensiones (más una temporal) y desde donde se originaría la gravedad. “De esta forma el universo no sería más que una proyección holográfica, mientras que las acciones "reales" ocurrirían en otro lugar del cosmos, más simple y plano, donde no existe la fuerza gravitatoria”.
 O sea que para los científicos el universo es un holograma y por tal nosotros también,  ya que somos parte de la materia gravitacional. Concluyendo que para él sí había ocurrido el accidente, pero como somos  un holograma el otro vehículo lo atravesó sin causarle daño.

En pocas palabras, hace 15 años que  estoy planchando, lavando, cocinando, cuidándolo como un rey, y demás cosillas…a un holograma. Me resisto a creer que soy y que convivo con uno, fundamentalmente porque siento que todo lo que laburé durante estos años fue en vano, ya que lo hice en otro lugar del cosmos ¿más simple y plano?.  Al divino botón tanto esfuerzo!. Cosas de la ciencia que jamás, por lo menos los que estamos hoy aquí,  llegaremos a aseverar.


domingo, 23 de marzo de 2014

OTOÑEANDO


Mientras yo aquí lloro de alegría y río de dolor, los arces deben estar mostrando sus primeros cogollos primaverales frente a mi ventana, diles por favor que sus hojas de otoño aún reposan entre mis libros disecadas al calor de mi afecto.
Clemencia Gómez

Aquí, en mi tierra los árboles mudan el color de sus follajes, el amarillo y el rojo se disputan su tonalidad final, serán ocres muy pronto y luego caerán. Con el otoño llega la desnudez…yo también como vos, lloro de alegría y río de dolor. Nunca guardé entre mis libros, hojas de otoños pasados…

Ana Danich.


lunes, 3 de febrero de 2014

NIDOS


Hace 3 años, cuando llegué a este departamento, me encontré acorralada como un jilguero en una jaula de cemento y sin nadie a quién cantarle. Antes vivía en una casa de barrio, lugar donde me levantaba a la mañana y me asomaba al balcón terraza a mirar los árboles y los nidos de los pájaros construidos en sus ramas con infinita paciencia. En este departamento me sentaba a la mañana en la mesa de la cocina y miraba el muro del edificio de enfrente, con sus ventanas deslucidas y cerradas.  No podía hablar con nada más que las ventanas y así sucedió que un día mirando una de ellas, la que está justo  frente a la de mi cocina, se me ocurrió imaginar que detrás de ella había una mujer ilusoria mirándome con el mismo sentimiento de soledad que yo tenía. Esa mujer podía ser cualquiera, ya que la oficina se encontraba deshabitada, así que yo la podía crear a mi placer, o tal vez podía ser yo misma reflejada en los cristales, como buscándome en los espejos del desconsuelo.
Yo aún no había escrito poesía, por lo tanto  se me ocurrió hablarle a esa mujer y fue así que escribí uno de mis primeros poemas:


Mujer que mira a una mujer que mira.


Con el leve trazo de tu dedo
descorres las cortinas de mi sueño
tras la turbia empañadura del espejo.
Desde donde miras
existe una distancia que se mide
por el aletear de un ave
entre nido y nido,
de un arrullo al otro
se extinguen lentamente
las notas del silencio.
Cada mañana
se enciende el día
entre dos ventanas
mientras, un esbozo de luz
ilumina las sonrisas
augurando el asombro
a las nueve en punto.
Para descubrirte
y descubrirnos,
conjeturarnos, en la intimidad
de la cotidianidad horaria
que nos acerca
sin nombrarnos.                                     

También en esos días comenzaron a llegar las golondrinas desde el norte. Ellas ya habían hecho su nido años atrás y regresaban a  él cada año, pero yo no lo sabía. Así que un día, cuando me acerqué a la cocina para preparar el café, di un salto de sorpresa cuando las vi volar a 20 centímetros de mi ventana. Fue tal el alborozo que durante días me levantaba a la misma hora para contemplar su danza milagrosa. Ellas tenían su nido en el hueco de un aire luz sobre la ventana de la cocina de mi vecina, que linda  con la mía. Así que, cada  mañana de primavera las veía ir y venir preparando el hogar para sus polluelos. Yo abría la ventana de par en par y sacaba la mano intentando que la rozaran con su leve vuelo, un día se acercaron tanto a mí que temblé como las hojas de los árboles cuando un pichón de paloma comienza a dar sus primeros vuelos. Nadie que no los haya visto preparando su plumaje sobre el nido de los árboles, puede entender que se siente, pero yo sí porque he observado la naturaleza desde muy pequeña y siempre me maravillaron los vuelos…

Hete aquí, que, viendo a las golondrinas tan cerquita, ellas me inspiraron para escribir otro de mis primeros poemas:

Esta mañana una golondrina
pintó una rama de cerezo
en el cristal de mi ventana.
Acerque mi mano
la convertí en nido
pintándola
sobre la rama.



Hoy, a tres años de vivir aquí, la oficina del edificio de enfrente fue alquilada y todas las mañanas una señorita saca su medio cuerpo rechoncho por la ventana, fuma como un murciélago y larga humo en el espacio donde se asientan las golondrinas sobre el tendido de los cables.  No sólo eso, también habla por teléfono a los gritos, de tal manera que las avecillas huyen despavoridas cada vez que la muchacha, larga gruesos epítetos, sin importarle un corno la sensibilidad de los que no somos como ella; una chica de ciudad a la que no le importa si el otro necesita silencio, contemplación, suavidad o simplemente soñar con un mundo donde las aves vuelen libremente.


Sumado a eso, mi vecina, que es otra pobre almita que no entiende lo que significa un poema o amar la naturaleza,  un día descubrió una pluma de golondrina sobre el artefacto de cocina que está justo debajo del hueco de aire luz en donde las golondrinas hacen el nido y alimentan a sus pichones una vez nacidos. Y por ese motivo, porque prefiere la limpieza antes que la vida de un ave, metió la mano en el aire luz, tomo al pichón con un trapo, lo llevó al balcón y lo arrojó con violencia al patio del edificio. Taponó el hueco del aire luz y las golondrinas perdieron definitivamente el nido para sus futuros polluelos.

Esta es la gran ciudad, amigas. Ciudad oscura y de pobres corazones. No quiero escribir nunca más poemas como este:

Ah, ciudad negra de desconsuelo,
Ah, miserables hombres que te habitan.
Pero hay que salir
hay que salir al día y a la noche
hay que avanzar
hay que ser como ellos
no mirar
no escuchar
no importarte nada
nada
total la nada está ahí
esperándote en el umbral
que te escupe a la calle
para que no seas
ni sientas
ni veas
ni vivas!...


 Quiero volver a ser un jilguero, quiero volver a mis raíces, volver al pueblo que me vio crecer, o a cualquier lugar dónde la vida merezca la pena. Quiero volver a vivir…

Ana Danich 3 de Febrero de 2014





EL OJO



algo innominable late en la cueva del ojo lo sé
me lo dice la nube que crece y se agiganta
tambor tam-tam temblor  que late en la hendidura


mirar el sol su marea de fuego quemando el horizonte
mirar la luna sus múltiples oleajes en la noche
mirar la estrella el acero de sus puntas


latente lento late el latido / amanece


mirar la piedra gris el sendero luminoso el muro
mirar el caleidoscopio de mi lejana infancia
después del silencio el campanario libera el sonido de las alas


mi vecina lava las baldosas del patio
miles de bichitos se escurren en el trapo de piso y otros
vuelan diminutos en las hojas de las plantas / el aguita dulce
de una manguera que como serpiente se desliza
sobre la sequedad de este amanecer que cae
sobre las piedras apiladas de los muros
resuena el canto de un canario en su jaula
de pastos y ramitas que prepararon dedos silenciosos
trepa el ojo la escalera de muros envueltos en la llama rabiosa del verano

ventanas cerradas con blancas cortinas que no puede
divisar el ojo de soles quemando el horizonte
de luna y sus múltiples oleajes dormidos en la noche
de punta de acero de esa estrella que oculta el día


el ojo parpadea patea pelea  pita provoca a la luz


vuela una golondrina y el ojo sólo ve el azul de un ala
sólo ve  mitad de la belleza amanecida entre muros
entre ventanas que irradian la media luz de la mañana


son las ocho tal vez sean las siete o pueden ser las seis
el ojo no lo sabe  él insiste en repetir ecos de  memoria
que le dice que puede ser cualquier hora o puede ser ninguna
en que la ciega cansada de tanto fulgor decide arrancarse
el ojo que late en la hendidura como un tambor tam-tam que tiembla.




Ana Danich (de: CUERPO DE PIEDRA)




jueves, 2 de enero de 2014

VEINTE CUENTOS EN CUCLILLAS


Mire, usted no va creer lo que le cuento. Pero le juro por diosito que es verdad. En pleno verano del 56 la señora esa parió  a los gemelos, eran tan parecidos  como dos gotas de agua. Nadie sabía quien era quien, nadie más que su madre que andaba rezongando por el calor de ese verano y maldiciendo a los santos por haber pecado en otoño.

 Lo cierto es que ella era la única que sabía distinguirlos. Tal vez porque eran igualitos, pero yo estoy convencida que era por su predisposición hacia uno en particular. Ella no quería tener hijos, pero le vinieron dos juntitos en un  solo pujo. La cuestión es que los hermanitos se agarraban las manitos en la cuna y cuando uno balbuceaba, el otro le respondía, cuando uno se dormía, el otro también, todo en una repetición constante, como si uno fuera espejo del  otro.

Ella, digamos, muy contenta no se sentía, no estaba acostumbrada a tanto llanto, mucho menos a soportar el peso de dos pibes sobre su pecho frágil. Andaba siempre de mala rabia y por eso sólo le dedicó tiempo a uno de ellos, al otro lo dejaba en la cuna casi sin amamantarlo y con los pañales desbordando de caca.

Cuando crecieron, al primero le compraba juguetes y golosinas y al segundo nada. Al primero los mejores guardapolvos  y al segundo nada. Todo fue así hasta que se hicieron mayores. El primero desarrolló  un rostro bello y sereno, le decían el artista porque sus manos delicadas tallaban la madera y lograban preciosidades. El segundo un rostro amargo y tosco, con una mirada agresiva que espantaba al que se le acercaba.  Un día decidió irse de la casa materna y no se lo volvió a ver.

Habían cumplido los 20 años y una mañana cualquiera de esa época aciaga, el Bonito, como le decían en el barrio, desapareció sin dejar rastro. Imagínese usted que la madre en cierta manera se sintió aliviada, ya había dado todo lo que una madre puede dar y así siguió su vida sin preocuparse demasiado.

Pasaron otros 30 años y esto que le cuento se lo escuché a un arrepentido que declaró en tribunales antes de ir en cana. El tipo había conocido a los dos hermanos hasta que se separaron y nunca se los volvió a ver juntos.

Mire, le relato las palabras textuales: “Una noche, el Bonito  andaba buscando madera para tallar en un campito de la zona, de pronto cinco tipos lo chuparon ahí mismo y lo metieron en un falcón que desapareció en la oscuridad de la calle. Lo llevaron a un lugar a 30 km de su casa. Uno de los encapuchados le rogó al jefe que se lo dejara a él. Le dio tantas patadas y fierrazos que a los pocos días el bonito quedó seco como un árbol talado. Después lo enterraron por ahí y no se hablo más”.

 Pero lo peor del caso es lo que sucedió al otro día. Doy fe porque lo escuché de la propia boca del arrepentido. El tipo estaba saliendo de la casa donde también hacía sus trabajitos  y a plena luz del sol vio salir al muerto.

Cuando contaba esto, le juro por diosito que los labios le temblaban, los ojos parecían lunas sangrientas  y se refregaba las manos con desesperación. Contó que vio salir lo más tranquilo al muerto por la puerta de atrás,  en su mano derecha llevaba la capucha del rencor apretada como un trofeo que siempre había querido ganar.


Ana Danich (de: Veinte Cuentos en Cuclillas)

29 de Diciembre de 2013
  

viernes, 27 de diciembre de 2013

VEINTE CUENTOS EN CUCLILLAS


I

Hoy mientras planchaba la décima camisa, el termómetro a la sombra marcaba 40 grados de temperatura. Él entro por la puerta y me miró con cara de desprecio. Volvió porque se había olvidado la gorra del uniforme. Sentí que en mi mano la plancha acumulaba el calor de infinitos veranos de sometimiento. La transpiración cegaba mi vista. Comencé a alucinar, me pareció que se convertía en garrote, en un sacudón le di con el canto en  la base del cráneo, cómo habrá sido que se le desdibujó la sonrisa de la cara, ¡mirá vos! me dije, aliviada y satisfecha. Él cayó al piso y la sangre comenzó a brotar, agarré la manguera y lavé el desparramo. En la vida pude aguantar muchas cosas, pero el olor de la sangre, eso sí que no lo puedo soportar. Y después vine aquí a confesarle lo que había ocurrido, soy una mujer que no niega su responsabilidad, no me gusta la gente cobarde que anda desmintiendo lo que hace. Cuestión de principios, dicen. Aquí estoy, disponga como corresponde. Si me permite una sugerencia, le aclaro que no es mi interés importunar su investidura, pero sería mejor para usted que al salir, no olvide por ningún motivo su gorra.



Ana Danich (de: Veinte cuentos en Cuclillas)

viernes, 22 de noviembre de 2013

ABSTINENCIA



Dos palomas juguetean en el alfeizar de mi ventana, detrás del marco, el cielo gris como una bóveda plomiza hiere la mirada perdida en el horizonte.  ¿Dónde ahora encontrará refugio la memoria del pasado? ¿Cuándo ahora escucharé el campanario que repica en los umbrales de las calles? El desconcierto de la tarde sacude la hora en que siento que ya nada importa. ¿Quién ahora agitará el pañuelo del adiós? Ya sé que no era yo cuando la bruma desdibujo tu imagen que huía en los pasadizos del silencio. No te puedo nombrar hoy en el innombrable grito anochecido que languidece sobre los tejados citadinos. ¿Es acaso la gota diaria de tristeza la que destella allí donde habita el dolor? Cae otra gota y otra. ¿Cuál de ellas sucumbirá en el nudo tejido de la espera?. El espejo reverbera mi mirada sobre la ancha avenida del crepúsculo. Afuera el viento es un torbellino de prisa y angustia contenida. Siluetas autómatas en la marea humana del descontento ¡todo es vanidad! maquillaje de rostros sin lamento. Somos una larga espera sometida al devenir de un tiempo que nos amortaja lentamente. Somos el ojo oteando en dobles cerraduras que se abren en la otra orilla del anhelo. Somos el lento transcurrir de un tiempo pasajero que abandonó en los andamios, la sed del adiós. Somos nada más que eso. Gotas de lluvia que caen en la oscuridad del desconsuelo, lamiendo sin piedad el reflejo de los rostros desdibujados en la  hebra opaca de la noche. Ausente de mí, al fin, podré murmurar tu nombre, que hará borbotear el elixir diamantino, en el sendero impenetrable de mis ojos.


Ana Danich