SOLO LAS PALABRAS QUE MERECEN EXISTIR, SON LAS PALABRAS MEJORES QUE EL SILENCIO.

jueves, 31 de enero de 2013

"PLANCHANDO UNA CAMISA"


Sí,  mi gran amor, mi dulce amor, amante mío,
tan callado, tan suave al contacto de mis ojos,
tan obediente a mis manías y caprichos.
Tan sereno.
No  preguntes dónde escondí la sal,
o si me parece bien que el perro del vecino
ladre a las cuatro de la madrugada.
No  preguntes.
No digas que la ventana chirria insoportable:
-¡Hay que ponerle aceite!-.
-¿Por qué no lo haces vos mi  amor?-.
No  preguntes si la camisa está planchada
o si esta noche en la mesa habrá solo migajas.
No me mires con ojos de cazador al acecho,
mi amor.
La puerta está abierta, dulce amante,
Disponga usted como mejor le plazca…
Hace apenas un rato,
terminé de cortar con magistral acierto,
tus silenciosos tendones de titiritero.

Ana Danich  

"VIAJE GÓTICO"


Mi madre  compró un pasaje a Siberia.
 Yo viajaba en un tren hacia la estepa
con los ojos llorosos de tristeza,
una larga formación iba marchando,
retumbaba  entre azules abedules
que pintaban como un lápiz de la noche
 sombras de acero sobre las vías muertas.
Era lejos, tan lejana aquella tierra
que tardé en llegar cincuenta  años,
desde la ventana izquierda del vagón
alcancé a divisar un cementerio
oculto en el páramo sombrío.
Se abrieron al instante las compuertas,
 rodó el equipaje sobre el hielo,
apenas despuntaba la mañana
 un sol errante se clavo en mi frente,
nevada se anunciaba la llanura,
detrás, oraciones suníes como ecos,
repicaban el grito de los tártaros.
 Con mi pie rocé la tierra helada,
 la mano de un fantasma prisionero
sujetó mi zapato entre sus dedos.
Me miró con los ojos del exilio
enjugó sus lágrimas en mi manta,
anudándola  en  la cruz de una lápida.
Me acerqué sigilosa hasta ese mármol
que yacía en la fría tundra ártica
y esculpido observé su nombre
en los huesos de una bella calavera.
Mi madre compró un pasaje a Siberia.


 Ana Danich (de: Cuerpo de Piedra)


miércoles, 9 de enero de 2013

EL FINAL


Voy empujando el carro por las callejuelas polvorientas. Sobre él, mi féretro, porta el cadáver de la mujer que alguna vez fui. Voy empujando el carro por las callejuelas y el polvo de los huesos ancestrales se cuela en mis zapatos aumentando la pesadez y el tormento a mis pies. Voy mirando a los costados las tumbas de las mujeres de mi casa, las Gárgolas esculpidas en sus mármoles cierran los ojos al verme pasar. Las astillas del carro hacen sangrar mis manos mientras lo empujo por las callejuelas polvorientas. El Nazareno también cierra sus ojos al verme pasar, sus lágrimas exhalan aroma de azahares, escucho el murmullo de su oración que vaga entre las lápidas por dónde rueda el polvo de los huesos ancestrales. Voy esquivando las piedras del camino que conduce al crematorio. Voy cuidando que el carro  se aliviane en el trayecto. Es tan pesada la carga que soporta. Los violines de Vivaldi susurran en el viento la furia de este Julio interminable. ¡Oh diosa Amaterasu, qué no celebren mi réquiem y besa a las estatuas con tu boca divina para que no cierren sus ojos al verme pasar!. Voy oteando las puertas del crematorio. Están abiertas. Avanzan sobre mí y me enlazan con un abrazo conocido por las mujeres de mi casa. Recuerdo cada paso hacia sus fauces que devoraron el cuerpo marchito de mi madre. En el umbral, cargo el féretro sobre mi espalda. Lo deposito en la mesa, guardiana de la noche. Ríen los Grifos y Quimeras esculpidos en sus columnas. Sus ojos miran hacía la ventana del crematorio. La pira ya comienza a arder. Seis  espectros forcejean el féretro desde adentro. En un intento por salvarme lo rodeo con mi cuerpo, lo acaricio y lloro amargamente las últimas lágrimas del adiós.  Se multiplican las manos, son seis más seis más seis ajustando mi féretro sobre la pira. Con sus uñas atroces desarman la madera  y alcanzo a ver  el cadáver de la mujer que alguna vez fui. En su frente, el sello inalterable del destino. Entre sus piernas, la leche de Belcebú hierve, como único vestigio de haber vivido. Zumba en su vientre la mosca  putrefacta. Grito a los espectros: -¡Piedad!  ¡Ése es un cadáver que alguna vez fue mujer!-. El sol rojo lo devora con sus múltiples lenguas. Se cierra la compuerta del crematorio. Nadie escucha el grito ahogado de la mujer que alguna vez fui. Sólo cenizas.  


Ana Danich (de: Veinte cuentos en Cuclillas)

            


martes, 11 de diciembre de 2012

LA QUE NO SOY


no me admires, no me ames
no cargues  mis espaldas
con el armazón de tu mirada
no reposes sobre mis huesos
el temblor de tu mano titubeante
si es tu duda la que duda
dúdame
más, no me arrastres por el polvo
de tus dudas que me agobian
soy insoportablemente leve
créeme ¡te lo advertí!
no soy tuya, no soy de tu amor (de ti)
no te pertenezco
solo a mí
pertenece la maraña que entretejo
la telaraña como araña que me araña
y envuelve mis rincones
 no reconoce tu adoración
no me abrumes con la piedad
endiosada de tu amor
te lo advertí y no escuchaste
soy leve
nunca estoy aquí
soy insoportablemente leve
no quieras cobijarme en tus sueños
soy leve… insoportablemente…     




                               Ana Danich 27/11/2012

lunes, 3 de diciembre de 2012

LA CARAVANA DE LOS CIEGOS


“La caravana de los ciegos”                    
                                                          La ceguera puede ser un instrumento
                                                                         Jorge Luís Borges.

Si fuiste astrónomo en Alejandría
y un astrolabio hizo temblar tu mano,
o tus pies besaron las aguas del mar muerto
y Sodoma bautizó con sal tu piel,
si viajaste en un tren hacia Bombay
y tus ojos lloraron los cadáveres del Ganges,
o escalaste la cumbre del Tíbet
y tus manos rozaron estatuas milenarias…

Mira sobre tu hombro derecho
y verás pasar la caravana de los ciegos.

Si te extraviaste en las calles de Marruecos,
buscando los siete colores del arco iris,
o vestiste túnicas en la Meca
y tus sandalias pisaron tierra santa,
Si tu huesos se estremecieron en Bengala,
cuando el tigre devoró a su presa,
o navegaste sobre la flor de loto
y lo divino permaneció intacto,
en la frontera lejana del oriente…

Mira sobre tu hombro izquierdo
y verás pasar la caravana de los ciegos.

Si mudaste tu ilusoria vestimenta
en las orillas del sagrado río,
o tus camellos saciaron su sed
en la fuente  del monzón,
si un libro te guió entre los médanos
y los oros palaciegos no cegaron
tus pupilas, con la arena del desierto,
si los que te amaron viajaron en tus pestañas,
como Ave Fénix que en el alba canta…

Pequeño Dios creador,
¡Levita entre el cielo y el infierno
y únete a la caravana de los ciegos!

Ana Danich   

Noviembre 2012

LA PIEDRA



¿Qué importa que la piedra tropiece con el pie
y caiga abruptamente
sobre el escenario de muerte?

¿Qué importa que el convexo de sus formas
lastimadas en rajaduras de  siglos
destile un líquido anaranjado de  tierra?

¿Qué importa que ruede y caiga al precipicio
desmembrada
quebrada
entre las grietas?

¿Qué importa que haya condenado a las putas
que sirvieron  lascivia
y los últimos vestigios hartos de humanidad
en la mesa del hambre?

La piedra es la piedra,
inmaculada.
En su dureza de pedernal
 acecha al pie sumiso
que no aprendió a esquivar de otra manera,
la invasión del obstáculo en su trayecto.

Sos de piedra
-me dicen los que saben-
y arremeto feroz
con los instintos…                       


 Ana Danich (de: Cuerpo de Piedra)


EL PENDULO



El péndulo / oscila en silencio.
Abre surco su vaivén
ecuación de movimientos sensitivos.
Falta menos tiempo. Vacilante,  
sacude las vértebras, las quiebra.
El péndulo rasga el edificio de mi carne,
 badanas de la máscara,
alevosía de cuerpos fracturados,
 esparcen  polvo de sus huesos,
por las hendiduras,
los recodos del paisaje lunar.
Falta menos tiempo. Alborozo.
Los dedos se burlan de las uñas,
las uñas descuartizan la filigrana
del encaje /  trémula piel  
en la entrepierna jugosa del placer,
ahora, hilacha  enrojecida
 el acto inconcluso del juego.
El juego que jugamos /
desde los pies hasta la cuenca
de los ojos impacientes,
espectadores del ardor que acecha
emboscado en  la noche nupcial,
 sus subterfugios,
 su exclamación a perpetuidad,
 alaridos que estallan  en la boca,
derrumbe final de los peldaños,
el cuerpo que amortaja fluidos,
tumba del goce inacabado.
El péndulo persiste / su trabajo nocturno
entre las tetas lubricadas como higos
y el pubis colosal de los naufragios.

Ana Danich     (de:Contemplación)