- la opinión de los hombres no sirve de nada, lo que importa es la verdad, una cosa es doxa y otra muy distinta es el logos, el bla bla de todos los que opinan solo sirve para colocar en estado de interpretado a los mediocres, solo el ser que piensa, calla y al callar dice la verdad...
SOLO LAS PALABRAS QUE MERECEN EXISTIR, SON LAS PALABRAS MEJORES QUE EL SILENCIO.
lunes, 20 de agosto de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
SÁBADO
Sibila el viento sobre los techos,
látigos de
sal castigan
el lomo abultado de las cúpulas,
desarma las estatuas
y esparce sus memorias
en la hebra infinita del crepúsculo,
horizontal vierte su amargo cáliz
el ocaso,
se desvanece sin miradas
el quieto atardecer entre los muros,
mi mano acaricia el blanco lomo
de tu ausencia…
entre los pinos repiquetea el ángelus
eterno,
y acorralo las notas musicales
para tatuar con ellas, un collar
de perlas negras en mi cuello.
Ana Danich (de: Contemplación)
Ana Danich (de: Contemplación)
a Dolores
Siesta
Sueño el néctar de los higos/ el colchón blanco de la
flor de los cerezos / el ronquido de mi perra con medio ojo abierto / las
hormigas arquitectas entre el follaje de la hierba / las mandarinas burlándose
del sol / esa tarde de verano / reclinada sobre el espejismo de mi infancia...
ana danich
domingo, 29 de julio de 2012
METAMORFOSIS
Revoloteando por mi
ciudad a la hora que las agujas del reloj giran alucinadas y chocan entre sí enloquecidas por alcanzar el
tiempo que nunca llega, iba sin hacer caso a los obstáculos que se presentaban
y que herían mis alas de pájaro errante, dejando una pluma aquí y otra allá,
sin importarme haber abandonado en algún balcón una que otra ya que ellas
adornaban las plantas mustias que penden
sedientas de agua entre los barrotes.
Me pareció que era una manera de demostrarles que un color era capaz de despertar la alegría en las nervaduras de sus hojas y ellas quedaron agradecidas y con un leve suspiro hicieron la reverencia de aquellos que saben valorar el trino de los pájaros.
Seguí mi derrotero guiada por un rayo de sol que se colaba entre las cúpulas de los antiguos edificios hasta llegar al campanario de uno de ellos, Fuentes le llama, por lo menos por ahora, y me quedé ahí para observar desde lo alto el pulular de laboriosas hormiguitas que corrían por el laberinto citadino con la urgencia de los que no saben lo que significa detenerse a contemplar la mañana, con su haz de luces sobre los tejados; o el río que corre a pocos pasos (o pocos vuelos) y que desborda majestuoso en el silencioso ocre de las orillas de la vida.
Después de un rato de otear el inacabado trazo de las calles, las campanas sonaron estrepitosamente y un sinnúmero de palomas alzaron vuelo hacia lo alto marcando una estela de vapor sobre el aire invernal del mediodía. Varias plumas cayeron hasta el suelo en un salto espiralado, las hormigas detuvieron su recorrido para descubrir de qué manera se puede vivir sin necesidad de tanta laboriosidad, también cayeron algunas de mis plumas coloridas y se armó la gresca porque ellas, a pesar de que siempre andan con la cabeza gacha, sin apreciar la belleza (a veces, solo a veces) son atraídas por los colores y en ese momento es que comprenden el valor de las diferencias y se arma un tole tole para quedarse con lo mejor del arcoíris plumífero.
Yo reía desde lo alto, sin alcanzar a comprender el por qué de tal desbarajuste, y pensé que tal vez necesitaba entender un poco más sobre la vida de esas incomprensibles hacedoras.
Es así que decidí bajar a pleno vuelo desde mi mundo hasta el territorio de los suelos inexplorados por mí desde hacía mucho tiempo, ya que en los últimos años siempre anduve por los aires desde dónde creía se podía entender mejor la vida de los seres.
Fui a dar sin querer en el umbral de una puerta que no tenía cerradura y parecía estar pintada sobre una pared que no pertenecía a ningún dueño. Tal vez era una más, pintada por los artistas callejeros que no son hormigas sino que son ángeles que cada tanto bajan para dejar su mensaje de colores en los espacios vacíos de la ciudad. No lo sé, pero hasta allí llegué, casi sin darme cuenta. Posé mi leve cuerpo sobre el picaporte de la puerta y de pronto, sobre el umbral, a pocos centímetros de dónde estaba, se irguió un niño con una mata de cabellos en su cabeza que exhalaban aromas de nido, me sorprendió encontrar uno tan lejos de mis vuelos, pero como soy ave curiosa y nunca viene mal un nido disponible, pegué un salto y acomodé mi pecho sobre la noble cabeza del niño que en ese momento tocaba una flauta traversa que parecía dulce.
Tal era su melodía que decidí relajarme y escucharla atenta hasta el último acorde. Fue así que al terminar, el niño levantó su cabeza y me miró con una expresión de asombro, con voz tenue me preguntó -¿qué buscas?-.
Yo que no sé hablar, le canté a vivo trino que deseaba saber si realmente era un pájaro o tan solo una ilusión.
El niño siguió tocando su flauta y en cada nota musical que emitía su cuerpo iba transformándose. La rapidez de la metamorfosis fue tan abrupta que a medida que sucedía mi pecho de ave pegaba un brinco y aleteaba para no perder el equilibrio.
Todo su cuerpo creció en breves segundos, sus manos parecían las de un gigante con una flauta de caramelo que danzaba entre los dedos. El nido que había sido suave y sedoso se convirtió en un pajar de ramitas entrelazadas y confieso que me sentí más cómoda que antes porque ya no me resbalaba de él y se presentaba más mullido y tibio. Una barba blanca comenzó a desarrollarse vertiginosamente, tal era el largo que desde arriba podía calcular que serviría de tobogán en caso de querer emprender vuelo. Y las cejas ¡ohhh!, fueron lo que mas llamaron mi atención. Las cejas se convirtieron en nubes por donde se colaba el brillo de dos ojos resplandecientes que me invitaban con la mirada a posarme sobre uno de sus hombros casi pegado a la cabeza y muy cerquita de su oreja presta a oír cada una de mis voces interiores.
Hacia allá fui en un salto que tardó un aleteo. El viejo que hacía breves instantes había sido un chiquillo, nuevamente preguntó -¿qué buscas?- y yo con un suave susurro que no era ya de pájaro, sino de niña, solo atiné a preguntar:
Me pareció que era una manera de demostrarles que un color era capaz de despertar la alegría en las nervaduras de sus hojas y ellas quedaron agradecidas y con un leve suspiro hicieron la reverencia de aquellos que saben valorar el trino de los pájaros.
Seguí mi derrotero guiada por un rayo de sol que se colaba entre las cúpulas de los antiguos edificios hasta llegar al campanario de uno de ellos, Fuentes le llama, por lo menos por ahora, y me quedé ahí para observar desde lo alto el pulular de laboriosas hormiguitas que corrían por el laberinto citadino con la urgencia de los que no saben lo que significa detenerse a contemplar la mañana, con su haz de luces sobre los tejados; o el río que corre a pocos pasos (o pocos vuelos) y que desborda majestuoso en el silencioso ocre de las orillas de la vida.
Después de un rato de otear el inacabado trazo de las calles, las campanas sonaron estrepitosamente y un sinnúmero de palomas alzaron vuelo hacia lo alto marcando una estela de vapor sobre el aire invernal del mediodía. Varias plumas cayeron hasta el suelo en un salto espiralado, las hormigas detuvieron su recorrido para descubrir de qué manera se puede vivir sin necesidad de tanta laboriosidad, también cayeron algunas de mis plumas coloridas y se armó la gresca porque ellas, a pesar de que siempre andan con la cabeza gacha, sin apreciar la belleza (a veces, solo a veces) son atraídas por los colores y en ese momento es que comprenden el valor de las diferencias y se arma un tole tole para quedarse con lo mejor del arcoíris plumífero.
Yo reía desde lo alto, sin alcanzar a comprender el por qué de tal desbarajuste, y pensé que tal vez necesitaba entender un poco más sobre la vida de esas incomprensibles hacedoras.
Es así que decidí bajar a pleno vuelo desde mi mundo hasta el territorio de los suelos inexplorados por mí desde hacía mucho tiempo, ya que en los últimos años siempre anduve por los aires desde dónde creía se podía entender mejor la vida de los seres.
Fui a dar sin querer en el umbral de una puerta que no tenía cerradura y parecía estar pintada sobre una pared que no pertenecía a ningún dueño. Tal vez era una más, pintada por los artistas callejeros que no son hormigas sino que son ángeles que cada tanto bajan para dejar su mensaje de colores en los espacios vacíos de la ciudad. No lo sé, pero hasta allí llegué, casi sin darme cuenta. Posé mi leve cuerpo sobre el picaporte de la puerta y de pronto, sobre el umbral, a pocos centímetros de dónde estaba, se irguió un niño con una mata de cabellos en su cabeza que exhalaban aromas de nido, me sorprendió encontrar uno tan lejos de mis vuelos, pero como soy ave curiosa y nunca viene mal un nido disponible, pegué un salto y acomodé mi pecho sobre la noble cabeza del niño que en ese momento tocaba una flauta traversa que parecía dulce.
Tal era su melodía que decidí relajarme y escucharla atenta hasta el último acorde. Fue así que al terminar, el niño levantó su cabeza y me miró con una expresión de asombro, con voz tenue me preguntó -¿qué buscas?-.
Yo que no sé hablar, le canté a vivo trino que deseaba saber si realmente era un pájaro o tan solo una ilusión.
El niño siguió tocando su flauta y en cada nota musical que emitía su cuerpo iba transformándose. La rapidez de la metamorfosis fue tan abrupta que a medida que sucedía mi pecho de ave pegaba un brinco y aleteaba para no perder el equilibrio.
Todo su cuerpo creció en breves segundos, sus manos parecían las de un gigante con una flauta de caramelo que danzaba entre los dedos. El nido que había sido suave y sedoso se convirtió en un pajar de ramitas entrelazadas y confieso que me sentí más cómoda que antes porque ya no me resbalaba de él y se presentaba más mullido y tibio. Una barba blanca comenzó a desarrollarse vertiginosamente, tal era el largo que desde arriba podía calcular que serviría de tobogán en caso de querer emprender vuelo. Y las cejas ¡ohhh!, fueron lo que mas llamaron mi atención. Las cejas se convirtieron en nubes por donde se colaba el brillo de dos ojos resplandecientes que me invitaban con la mirada a posarme sobre uno de sus hombros casi pegado a la cabeza y muy cerquita de su oreja presta a oír cada una de mis voces interiores.
Hacia allá fui en un salto que tardó un aleteo. El viejo que hacía breves instantes había sido un chiquillo, nuevamente preguntó -¿qué buscas?- y yo con un suave susurro que no era ya de pájaro, sino de niña, solo atiné a preguntar:
-Encontrar el camino a casa-
Ana Danich (de: Cuentos para niños)
miércoles, 25 de julio de 2012
El Torso y la Cabeza
Era un torso
insatisfecho. Nunca sabía que ocurriría al momento siguiente. Era un torso con
una cabeza que también vivía insatisfecha, a veces la cabeza saltaba y
deambulaba sola de aquí para allá, no estaba segura de que esa fuera la forma
más interesante de andar sola, sin su torso que desde algún sitio proclamaba el
abandono, sin embargo la cabeza que no era independiente, de vez en cuando huía
porque no podía resistirse a disfrutar la libertad, y por eso, solo de vez en
cuando, saltaba buscando ansiosa lo que el torso no podía brindarle. La cabeza
desesperaba en su relación forzada. Diariamente pensaba la mejor forma de
independizarse definitivamente, pero nunca daba resultado el método empleado y
a último momento resolvía regresar a unirse al torso porque creía que sin él,
no podía vivir. Así fue creciendo en la angustiante insatisfacción que le producía un profundo dolor en la coronilla, suplicio
que se agudizaba en las horas de silencio, como si la cabeza no pudiera
acostumbrarse a vivir pegada a un torso que no respondía a sus necesidades
vitales. Una noche, el insomnio repentino le hizo comprender que no podía
seguir manteniendo esa unión que claramente era arbitraría. Y el
torso también lo sentía. Se daba cuenta que la cabeza ya no quería formar parte
de esa endemoniada fusión que solo le aportaba momentos de tensión y
dramatismo. El torso estaba sentado en un sillón hamaca, aburrido y bamboleándose
como sí nada, y la cabeza que nada tenía en común con él, miraba la ventana por
donde se colaba el invierno con sus pájaros nocturnos. La nariz goteaba una
minúscula gota de vapor convertida en agua que caía sobre los labios temblorosos,
ataviados de oscuridad. Por las rendijas de la ventana se colaba un viento
helado que movía las cortinas haciéndolas gemir al chocar contra los guijarros
colgados en la pared. Sin embargo el fogón ardía con su crepitar acostumbrado
dibujando imágenes confusas que danzaban junto a las penumbras de la noche. Las
manos que hasta ese día se habían comportado como miembros imparciales, tomaron
la iniciativa, decidiendo lo que torso y
cabeza no se atrevían a hacer desde que descubrieron la incompatibilidad de su unión y en un arranque de desmesura arrancaron la
cabeza del torso. Diez dedos abrieron por detrás el hueso occipital formando un
cuenco en donde se veían claramente los órganos propios de una cabeza ansiosa
de libertad. Las vertebras se sacudieron como un volatinero que cae del cable
que lo sostiene. Las articulaciones emitieron un chirrido de violines
desafinados. El líquido cefalorraquídeo cayó formando un charco pegadizo que la alfombra
absorbió en un instante. Las manos colocaron la cabeza transformada en cuenco
sobre el fogón que seguía crepitando al compás de la danza silenciosa de la
flama. Minuto a minuto la cabeza se coloreaba al rojo vivo y en su interior
llamas turbulentas fritaban pausadamente los sesos con una pizca de almizcle
perfumado, por si acaso. Albahaca y ajo para la lengua que no paraba de
mascullar órdenes de cómo debían aderezarla, y sobre los ojos, los que nunca se
cansaban de escrutar en otros mundos, sobre ellos, unas gotas de limón para que la mirada no se enturbiara. Los
pájaros nocturnos que oteaban a lo lejos la colosal llamarada, rompieron con
sus picos los vidrios y volaron hasta el cuenco, prestos a picotear el manjar
que se presentaba delicioso. Un
minúsculo fuego rozó las plumas y en segundos
quedaron presos de una llamarada que los envolvió convirtiéndolos en un sinfín de teas rojizas que volaron por el aire hasta posarse
sobre una baranda desde donde los pájaros antorcha observaron perplejos. La cabeza que ya no tenía ojos que
pudieran ver, ni lengua que pudiera decir, ni piel que pudiera exhalar
perfumes, ni cerebro que pudiera decidir, lentamente se quemaba en el centro
del fogón. Fue así que las manos la tomaron por sorpresa, cerraron el cuenco
como hábiles artesanos colocándola nuevamente sobre el torso que esperaba
impaciente, bamboleándose sin sentido en el sillón de mimbre. La cabeza que
antes había querido ser libre y ahora no era otra cosa que una cabeza
chamuscada, se inclinó distendida sobre el hombro izquierdo y la boca
deslenguada, por primera vez sonrió… con una mueca plena de satisfacción…
Ana danich
El tren a Treblinka
Desde el viejo tren que ya no viaja
A Treblinka
Veo las madres cortando las venas
De sus hijas
Y envenenándose después
Para no morir de terror
Sin dignidad
Cien eran cien por día
Cavando hediondo pozo
El cadáver del mundo agonizando
En el tren que siempre llega
A Treblinka
Julio 1942 (in memorial)
ana danich (de: Cuerpo de Piedra)
miércoles, 11 de julio de 2012
OBSTINACION
Esta obstinación. Esta
maldita obstinación de no querer escribir una palabra. Bebo una copita de licor
de chocolate para entonar las neuronas. Siempre el licor me ayudó a desprenderme de la loca obstinación de no
querer escribir. Soy un espantapájaros que toca con su mano de hierba seca el centro
del espejo que la devora con su boca
polar, y me quedo sin mano, y luego,
el cuerpo entero se mete más y más adentro
del espejo que me absorbe lentamente hasta dejar la habitación vacía. Y yo veo desde el otro lado el viejo tocadiscos
de mi madre, veo como el brazo se levanta en el aire por quién sabe que
misterio de la física y coloca la púa sobre el disco rayado de mi adolescencia,
y no puedo hacer mas que mirarlo, desde
un lugar que no sé si me dejará regresar a ese universo de palabras; que se
resiste a imitar la metamorfosis que se está dando en este otro lado, como una
partitura que repite el trino de las aves en el invierno gélido de los huesos.
No hay caso, tengo que decidirme y volver sobre mis pasos, aferrarme fuerte del
marco ovalado y saltar, porque de este lado no hay lápiz ni papel, de este lado
soy una anciana que roe los antiguos recuerdos y las malas mañas que formaron
parte de mi vida. Una fuerza sujeta mi mano que duda y compruebo que la
precisión de Dios es infalible, siempre
es implacable cuando determina que debo escribir una palabra a pesar de mi
obstinación… y yo lo dejo, dejo que decida por mí, después de todo, de este otro
lado no existe ni papel ni lápiz, ni dedos, ni manos, ni recuerdos que digan lo
que tengo que decir y ese, definitivamente, será el único motivo por el que me
atreva a regresar a esa habitación donde las penumbras crujen, emulando las
bisagras de mis sueños.
Ana Danich
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